Recientemente, recordé un fragmento de Panteón (tercera parte de Memorias de Idhún, obra de Laura Gallego García) en el que dos de sus personajes principales, Christian y Victoria, protagonizaban una escena tan entrañable como extraña: mediante un puente tendido por la mentalidad shek de él, conectan sus mentes y cada uno conoce y explora la mente del otro. Me permití la licencia de rescatarlo, resumirlo y cambiar algunas pinceladas adaptándolo a mi historia. El resultado es éste:
Se encontró de pronto en un espacio oscuro. Miró a su alrededor, asustada, pero la oscuridad era solo aparente. Pronto, todo se fue aclarando en torno a ella. Se sintió abrumada ante lo que vio. Comprendió que estaba en el nivel más superficial de la conciencia de él, por lo que trató de moverse en aquel espacio, consiguiéndolo con solo desearlo. Durante un tiempo, no habría sabido decir cuánto, vagó por la mente de él, y entendió lo que había querido decir al compararla con un castillo. No eran solo recuerdos lo que almacenaba allí, sino ideas, pensamientos, razonamientos…algunos tan complejos que a ella le costaba seguirlos.
En un nivel más profundo encontró los momentos dedicados a ella. Revivir aquella sensaciones desde el punto de vista de él, conocer los pensamientos que le había dedicado, la opinión que él tenía de ella, la emocionó y la hizo sentir mucho mejor. Aquella noche, cuando él le mandó el mensaje…ella ya estaba enamorada. Podía negárselo a sí misma todas las veces que quisiera, pero las sensaciones que le había despertado traicionaban su primera reacción. Y aquel recuerdo era claro y vívido, lo cual indicaba que él lo había evocado a menudo y lo guardaba como un tesoro en un rincón de su mente. De haber estado unida a su cuerpo en aquel preciso instante, se habría ruborizado. Se preguntó entonces qué estaría encontrando él en su mente, y por un momento tuvo miedo de que no viera nada grande ni hermoso en ella, sino…algo sencillo y pequeño. Ante aquel pensamiento, algo tiró de ella, y comprendió que, si deseaba regresar, lo haría de inmediato, por lo que se esforzó en pensar en otra cosa, y siguió recorriendo las galerías de la conciencia perdiéndose en el inmenso entramado de su mente.
Él, por su parte, no se estaba moviendo. Se había quedado exactamente en el mismo lugar. Siempre le había parecido que la conciencia de la muchacha era simple, sencilla, porque era fácil ver todo lo que pensaba. Ahora que estaba dentro se daba cuenta de que era mucho más compleja de lo que había supuesto. Lo que ocurría era, sencillamente, que los niveles de su mente eran tan luminosos y transparentes que podía contemplarlos todos a la vez. Así, si la mente humana era una choza y la de él un castillo, la mente de ella era como un bellísimo palacio de cristal, muy pequeño en comparación con su propia mente, pero puro y diáfano. Y todos los recovecos de su conciencia mostraban un delicado entramado de pensamientos, sutil como la luz de la luna, brillante como una gema irisada.
Dedicó un largo rato a contemplar la mente de ella desde allí. Sin necesidad de desplazarse era capaz de alcanzar a la vez varios niveles de conciencia. Tenía miedo de entrometerse en los niveles más profundos: temía estropear algo. Pero finalmente, su curiosidad fue más fuerte, y su conciencia recorrió la mente de ella con cuidado. Se aproximó a sus pensamientos, a sus anhelos más secretos, a sus recuerdos más preciados. Descubrió a la muchacha que habitaba en un recoveco de su propia conciencia, un lugar solo para ella. La encontró simple y pura, solamente ella misma; y le gustó.
No se quedó mucho tiempo allí, sin embargo. No quería perturbar con su presencia aquel lugar secreto, que le pertenecía solamente a ella. Siguió explorando la mente de la muchacha, admirando los arcos cristalinos que sostenían su conciencia. Y entonces entendió por qué le parecía tan hermoso.
La mente de ella era delicada y transparente, como el cristal…como el hielo.
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-Muchas veces me he preguntado por qué, pero mientras recorría tu mente lo supe.
-¿Qué es lo que supiste?
-Que tú y yo estamos hechos de lo mismo, en parte. Una vez te dije que no éramos tan diferentes, pero hasta ayer no supe hasta qué punto tenía razón.
-¿Qué quieres decir? -preguntó ella, cada vez más intrigada.
Él solo la miró y sonrió, enigmáticamente.
-Hielo y cristal -fue lo único que dijo.
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